23/01/2019

¿Qué pasó con el hombre de la mano?

El pasado Domingo 06

¿Qué pasó con el hombre de la mano?

Esta historia es una de las elegidas entre los más de 600 relatos inéditos que los lectores de Olé enviaron al concurso Contame tu cuento.

Esta historia es una de las elegidas entre los más de 600 relatos inéditos que los lectores de Olé enviaron al concurso Contame tu cuento.

Por Nahuel Billoni (*)

Más de treinta años atrás fue crack: debut deslumbrante en Argentinos Juniors, temprana convocatoria a la Selección, éxitos en la Juvenil, titulo con Boca, paso por España y buenas temporadas en Italia; llegaba a México en la plenitud de su carrera, un buen Mundial podía ponerlo en el podio de los grandes.

Pero eso no sucedió, y hoy es un personaje olvidado, tanto que resultó difícil hallarlo.

Ese Mundial fue su perdición. La Selección partió de Ezeiza con perfil bajo y regresó para el olvido. Nadie recuerda al equipo titular, cómo era el diseño de la remera y pocas veces mencionan ese lindo gol suyo a Italia.

Más de treinta años atrás, sus rulos habían marcado tendencia, sus fotos posando con Queen salieron en todos lados y sus declaraciones recorrían el mundo.

Todo eso quedó lejos.

Hoy se sabe poco de quien supo vestir la diez de la celeste y blanca. Hace algún tiempo, en esos programas de investigación que se meten con la cámara en lugares insólitos, lo descubrieron participando de un torneo de penales por efectivo. Las imágenes salieron en todos lados: barba desprolija, tatuajes gastados y varios kilos de más pero con la zurda intacta. Cuando se enteró de que estaban grabándolo, abandonó la cancha a las corridas y lanzó un par de manotazos al aire.

Después de eso, prácticamente desapareció.

Más de treinta años atrás, se jugó ese partido que parecía ser EL PARTIDO. La guerra estaba fresca, los medios de todo el mundo cubrían morbosamente la previa y los jugadores trataban de evitar las metáforas bélicas de la prensa.

Varios integrantes del plantel describieron ese vestuario como el más triste de todos. No respirábamos aire, respirábamos derrota, contó Ruggeri. Sabíamos que era mucho más que un partido, confirmó Héctor Enrique. No pudimos darle una alegría a la gente, se lamentó Batista.

Resulta imposible no rememorar aquel episodio mientras espero tener mi oportunidad con él. Paciencia, meticulosidad y dinero; las tres armas para poder encontrarlo. Alejado de las cámaras y los estadios, se dedica a entrenar pibes en una escuelita perdida de Santa Fe.

Dicen que deja a los chicos jugar libres, que habla poco de su pasado, que suele lanzar frases ingeniosas, que vienen desde distintos lugares a pedirle consejos, que se pierde en los bares, que cuando está feliz baila y que siempre recuerda a sus viejos.

Ni bien conseguí el dato del club, fui solo, sin avisarle a nadie. Y acá estoy, esperando que termine una de sus clases. Hace calor, la cancha tiene más tierra que césped y él dirige sentado desde una silla de plástico a punto de quebrarse.

El partido en el Azteca vuelve a mi cabeza. La Selección arrancó jugando mejor, el planteo de Bilardo parecía dar resultado. Pobre doctor, salvo los hinchas de Estudiantes, nadie lo bancaba. Sus gestos, frases y elecciones; todo servía para denostarlo. Él se tenía fe. México sería su revancha, dejaría atrás la difícil clasificación, los pésimos partidos previos y los eternos cuestionamientos. Como sabemos, nada de eso sucedió; más bien al contrario, todo se potenció. Décadas más tarde, en el programa de Fantino, el Chino Tapia contó que en el vuelo de regreso lo vieron rezando. Carlos Pachamé, uno de sus ayudantes, se acercó para preguntarle si estaba bien, pensando que tenía miedo a volar. Bilardo lo miró fijo, y con toda la bronca del mundo le dijo: rezo para que se caiga...

Ahora veo al Diez pedir la pelota. Hace un par de jueguitos, la pisa y se sienta sobre el balón. No alcanzo a oír sus palabras. Levanta su dedo, hace señas y va mirando uno por uno a sus jugadores.

Vuelvo al encuentro contra los ingleses. El primer tiempo terminó empatado sin goles, con más tensión que fútbol. Salieron sin cambios a disputar el complementario. El trámite del juego venía siendo similar hasta el minuto cincuenta y uno. Tras un par de pases del equipo argentino, el diez encara al área rival en una linda jugada. Antes de llegar, toca para Valdano, quien no logra controlar el balón al primer contacto y un inglés alcanza a despejar de forma fallida, en lugar de ir para adelante, la pelota se fue para atrás. Mil veces se habló de esto: la pelota se elevó como un globo, Peter Shilton demoró en salir, el diez elevó su metro sesenta y seis hasta tocar la pelota que terminó en la red. Antes de pisar el suelo, el diez ya estaba festejando su gol.

Todo el conjunto británico comenzó a protestar; pedían offside, pedían falta, pedían mano, pedían amarilla, pedían todo. Los argentinos festejaban desaforados mientras Terry Fenwick perseguía al árbitro tunecino Alí Bin Nasser hasta la mitad de la cancha. Todo era festejo hasta que de la nada, el juez de línea Berny Ulloa levantó la bandera. El primero en notarlo fue el autor del gol, corrió a encarar al línea escoltado por Enrique, Ruggeri, Olarticoechea y millones de argentinos. Ulloa, sin inmutarse, indicaba con sus banderas la falta: había sido mano.

El diez estaba desquiciado. Exigía explicaciones a los gritos. El referí se acercó para conversar con Ulloa al oído. H-A-N-D, lanzó el tunecino. El diez explotó. Nasser le pidió calma pero el jugador continuó. Cansado de esas palabras desconocidas con un significado obvio, el árbitro sacó su amarilla y se la enrostró.

El argentino no se atiborró, siguió insultando mirándolo a los ojos. Sus compañeros, algo preocupados, fueron a sacarlo pero nadie podía calmar a la fiera. El tunecino pidió la pelota para reanudar el juego e hizo un nuevo a gesto con las manos, esta vez para que se callara.

Aún recuerdo ese silencio.

Mientras un país entero se enmudeció temiendo lo peor, él no se calló. A vos te pagaron los ingleses, lanzó acompañando sus palabras con gestos para asegurar la comprensión del mensaje.

Y Nasser comprendió.

Devolviéndole la mirada, retiró de su bolsillo la tarjeta roja para levantarla ante el mundo.

¿Será consciente cómo ese momento cambió su vida? ¿Cómo cambió la nuestra? ¿Cómo lo hubiese tratado la historia de actuar distinto? ¿Rondarán estas preguntas mientras festeja las ocurrencias de sus juveniles?

Con uno menos, el equipo argentino aguantó hasta que faltando nueve minutos Gary Lineker acertó un cabezazo cruzado imposible de alcanzar para Pumpido.

La eliminación en cuartos de final fue un golpe duro. A partir de ese partido, la carrera de muchos se truncó, una maldición cayó sobre varios del plantel.

Y el principal damnificado fue él. La prensa lo hizo el primer responsable, los simpatizantes tomaron distancia y, poco a poco, el ambiente del fútbol fue dándole la espalda. Al regresar a su club tuvo una pésima temporada, se peleó con técnicos, dirigentes y compañeros; tal fue el escándalo que la institución italiana rescindió su contrato de manera unilateral.

En los clubes posteriores nada mejoró: reiteradas lesiones, penalidades por mala conducta, conflictos con entrenadores, polémicas fuera de la cancha y sanciones por conductas antideportivas lo llevaron a colgar los botines antes de tiempo.

Ahora, mientras los pibes lo abrazan, sabe que será recordado como el hombre de la mano, una nota al pie en la historia de nuestro fútbol.

Me reconoce desde el centro de la cancha, hace ademanes para que me acerque. Hacemos la entrevista pero no me grabás, avisa. Le digo que es para un diario, la grabación es para transcribir nomás. No quiero grabadores, ¿estamos?

Conversamos hasta el anochecer. Al correr las preguntas entramos en confianza. La nota la pueden buscar en Internet, no tuvo mucha repercusión. Dice que tiene poco pero es feliz, que el fútbol es el deporte del pueblo, que sigue luchando contra la injusticia y -es cierto- suelta varias frases muy ocurrentes.

Antes de irme, le pregunté si se arrepentía de algo. Él sabe a qué me refiero, a qué momento, a qué minuto. Miró su mano y dijo: -Yo me equivoqué, pero la pelota no se mancha.

(*) Tiene 34 años, es porteño pero vivió siempre en Ituzaingó. Estudió cine y periodismo y es hincha de River (“y cada tanto robo bajo los tres palos”). Vive con su pareja Maitena (“No, no es la dibujante”, aclara).

OTROS CUENTOS PUBLICADOS

Mirá también: Pena máxima

Mirá también: El último gol de Abdel Alim

Mirá también: Ganar como sea

Mirá también: La sinfonía del número 10

Mirá también: La figura

Mirá también: El ángel

Mirá también: Debut

Mirá también: Boneco

Mirá también: Un clásico de otro planeta


Ver noticia en Olé

Temas Relacionados: