23/01/2019

El enigma del héroe

El pasado Viernes 11

El enigma del héroe

Olé presenta aquí otro de los relatos de ficción seleccionados entre los más de 600 que respondieron a la convocatoria para el concurso Contame tu cuento.

Olé presenta aquí otro de los relatos de ficción seleccionados entre los más de 600 que respondieron a la convocatoria para el concurso Contame tu cuento.

Por Johanna Santiago (*)


La lluvia era torrencial aquella jornada inolvidable, una cortina soberbia de agua caía con estrepitosa desesperación sobre la tierra. Si algún día hubo de existir un diluvio universal como lo narran las crónicas, sin dudas su primer día habría comenzado de la misma forma. Ya nadie quedaba mirando aquel partido detrás del alambrado. Ningún hombre de bien que apreciara un poco su vida vagaba por las calles sin refugio. Ni siquiera las bestias que no temen la ira de Dios osaban exponerse a la furia del cielo. Sin embargo, en el meollo de la copiosa tormenta, veintidós almas en pugna, como si fuera el último día de la tierra, disputaban en un campo inhóspito el partido más esperado de todos, agotando su último aliento en pleno apogeo. “Los que aman el fútbol -murmuraba el viento, llevando el rumor a los rincones del mundo-, no aman partidos como estos”. Como si fuera una batalla legendaria, un suceso irrepetible destinado a permanecer eternamente en los anales, ninguno de los dos equipos deseaba suspender el encuentro. Ni los truenos que estremecían los cielos, ni los rayos que amenazaban la vida, o el llanto y ruego de las madres, en cuyos brazos los temerosos niños buscaban asilo, podrían persuadir a los bárbaros jugadores de postergar el partido. ¡Antes la muerte!”, gritaban, mientras sus cuerpos se hundían en el barro espeso. Eran los dos rivales eternos, los mejores equipos del pueblo, y me atrevo a decir, de todo el amateurismo, que por esas circunstancias extrañas de la vida, nunca antes habían podido enfrentarse. Hubo que esperar un movimiento imprevisto de los astros para que estuvieran frente a frente. El cielo, por supuesto, para no ser menos apasionado , lanzó su peor tormenta sobre la cancha, para dejar bien en claro que el sol, testigo de las peores contiendas del hombre, no era digno de contemplar aquel juego. Las fuerzas de los equipos eran idénticas y chocaban con una tenacidad primitiva en todos los rincones minúsculos del campo empantanado; y aun así, a pesar de toda su leal bravura, no podían romper el cero. “No eran humanos -dicen los que aún recuerdan el juego-, eran búfalos desbocados contra leones”. Aquel que hubiera observado el partido diría que tan iguales eran las fuerzas que aunque el encuentro hubiera durado mil años no habría sido posible abrir el marcador. De nada valía la habilidad, de nada valía el juego en equipo. Cada jugador estaba librado a su horrible y gloriosa suerte en el lodazal. Solo había una regla en aquel páramo salvaje, una regla que según los ocultistas había sido obra del mismo diablo para divertirse a costa de los hombres : “Gol – dijeron, maquiavélicos-. Gol gana”.

Pero en todo aquel caos de jugadores dispuestos a morir por la gloria mundana había un personaje siniestro y misterioso, en el que nadie había reparado y que bien sabía corromper las almas sensibles. Un ser que no estaba hecho para los grandes acontecimientos y, bajo el borrascoso aguacero de junio, no ansiaba más que el cándido calor de su casa. Tiritaba de frío en el centro del campo, en pasmosa soledad, acribillado permanentemente por el barro y la barbarie ajena. Era el único ser en todo el mundo que deseaba ponerle fin a toda aquella locura. Aquel demonio, como burbuja que brota de la tierra, se puso a mis espaldas con un ruin propósito. “ Diez…. Diez” – dijo con voz trémula y fantasmal, llamándome por mi número de camiseta-. “Diez”, volvió a repetir con un susurro desesperado. Era, sin dudas, el hombre más horrible que habían visto mis ojos. “Tirate…”, me dijo castañeando los dientes-. “Tirate en el área … que yo cobraré penal..”

Los dos permanecimos en silencio; ninguno se atrevió a decir una palabra. Sin embargo, yo ya no era el mismo. Si verdaderamente aquel escenario hubiera sido una guerra el árbitro no podía mostrarse en peores condiciones. Parecía un cordero mojado entre leones; y mi alma, acostumbrada a las inclemencias de la vida ruda, se compadeció de su sufrimiento. Un mundo incomprensible, entonces, después de aquellas palabras , atravesó por mi mente y mi corazón ¿Me sentía capaz de traicionar a mi rival? ¿Traicionar a mi propio equipo? ¿Sirve acaso una victoria de esa naturaleza? “Levántate –le dijo Aquiles al príncipe Héctor, cuando había caído al suelo por un tropiezo-, una piedra no me hurtará la gloria”. ¿No podía pensar yo lo mismo? ¿No era la tentación de la serpiente? ¿No adopta el diablo las formas más diversas para engañarnos? Una sensación poderosa comenzó a recorrer por mis venas lentamente. El afiebrado deseo de ganar que renovaba permanentemente mis fuerzas, el impulso que me hacía dejar la piel en cada pelota, de manera extraña se fue apagando poco a poco. Los árboles, en aquel debate interno, caían a nuestro alrededor empujados por la tormenta. Por tierra, por aire, ya no era posible mover el balón. No había tregua. Los jugadores caían en los charcos y salían de ellos como monstruos voraces de pantano. ¿Quién se atrevería a suspender el partido? ¿Quién osaría hurtarles la victoria?

Lo que sucedió después nadie lo sabe con certeza. Solo hubo veintidós testigos y pocos permanecen con vida. Un errante dijo una vez que la mayoría agotó todo su crédito existencial en aquel juego. Otro, en el borde de locura, que en aquella jornada memorable hubo un oscuro pacto con el diablo. ¿Puede, acaso, ser cierto? Yo soy el último que queda con vida entre mis compañeros. ¿Cómo se explica que hayan muerto tan jóvenes? Los recuerdos son para mí una pálida nebulosa. El árbitro, por su parte, como si ya no hubiera suficiente misterio, desapareció de la noche a la mañana llevándose consigo el secreto. La mente humana, desde entonces, ha dado origen a las más extrañas fantasías. Hay quienes dicen que el partido duró mil días, hay quienes dicen que duró solo un instante. Lo cierto es que aquellas fuerzas en pugna nunca volvieron a enfrentarse y sus herederos aguardan impacientes, como fieras encadenadas, que se acerque el día de la revancha. Tampoco (cosa extraña) volvió a repetirse una tormenta de semejantes proporciones . En la antigua calle Conse todo el barrio se reúne para celebrar la fiesta. El intendente, a diez años de aquel evento, pondrá mi nombre en una calle, el nombre de aquel jugador que con un gol agónico de penal fue el único héroe en la madre de todas las batallas.

(*) Entre las mujeres que participaron del concurso de cuentos de Olé se destaca esta narradora de 33 años, casada, que vive en Villa Crespo y es estudiante de Latín e Historia.

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