11/12/2018

El árabe que jugó a ser Maradona por un ratito

Hace 6 meses

El árabe que jugó a ser Maradona por un ratito

Saeed Al Owairan convirtió en Estados Unidos 1994 uno de los grandes goles de las Copas del Mundo. El sexto de la historia para la FIFA. Fue un arma de doble filo para su vida. Arabia Saudita jugará un partido que quedará guardado para siempre en todas las memorias de un país que, a la sombra de presunciones, es el

Saeed Al Owairan convirtió en Estados Unidos 1994 uno de los grandes goles de las Copas del Mundo. El sexto de la historia para la FIFA. Fue un arma de doble filo para su vida. Arabia Saudita jugará un partido que quedará guardado para siempre en todas las memorias de un país que, a la sombra de presunciones, es el

Arabia Saudita jugará un partido que quedará guardado para siempre en todas las memorias de un país que, a la sombra de presunciones, es el que se exhibe como el más “futbolero y entusiasmado” de la Copa del Mundo, según revela un informe de IPSOS a nivel global. El encuentro inaugural sucederá este jueves en la inmensidad del Luzhniki, en Moscú. Y el rival será Rusia, el local obligado a la victoria.

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Hay una voluntad en el plantel que conduce Juan Antonio Pizzi: sorprender. Y en nombre de esa búsqueda hay un antecedente inspirador, con nombre y apellido. Se trata de Saeed Al Owairan, un delantero -morocho, flaquito, hábil, veloz- que se animó por un rato a ser Maradona. Y desde entonces jamás pudo dejar de serlo. La historia de los Mundiales y la del fútbol de su región lo reconocen desde aquel 29 de junio de 1994 como El Maradona del Golfo Pérsico.

El hombre entendió en ese instante breve que duró su jugada aquella manifestación del escritor mexicano Juan Villoro: “En un Mundial, cinco segundos pueden durar para toda la vida”.

En ese puñadito de segundos, aquel futbolista sin apellido ni cara reconocibles -en días en los que Internet era ciencia ficción- se transformó para siempre. Durante su corrida y un rato después fue el mejor y el más famoso de todos los cracks universales. Desde entonces, se adueño de un apodo que hasta llegó a cansarlo por reiteración.

Aconteció durante el Mundial de los Estados Unidos, en el RFKMemorial, de Washington. Arabia Saudita, dirigida por el argentino Jorge Solari, enfrentaba a Bélgica por la tercera fecha del Grupo F. Los árabes necesitaban un triunfo para pasar a los octavos de final. Iban cinco minutos y Al Owairan imaginó posible lo inverosímil.

Creyó de entrada, creyó durante, creyó siempre. Como si esa jugada fuera una cuestión religiosa, un mandato divino. Recorrió unos 70 metros en zig-zag con la pelota al pie, gambeteó a cinco belgas que miraban y corrían detrás sin poder creer, se enfrentó al arquero y, cuando estaban por derribarlo, definió cruzado. Pronto, abrió los brazos y agradeció al cielo y a los compañeros. El termómetro contaba que sobre el césped de ese estadio había un temperatura de 40 grados. Saeed estaba acostumbrado. No era azar el apodo con el que había llegado a esa cita: El Rey del Desierto.

Fue una cita con la incredulidad. Parecía cuento esa jugada. Se hizo cuento muchas veces, también. Lo aplaudieron hasta los belgas y los estadounidenses. Por un segundo había justicia poética: en el Mundial en el que la FIFA expulsó a Maradona, otro Maradona le rindió homenaje.

Un par de detalles jerarquizaron la epopeya fugaz. El primero: con ese golazo, Los Halcones Verdes ganaron 1-0 y accedieron al top 16 de esa Copa del Mundo. Es, incluso ahora, la mejor campaña de un seleccionado del Golfo en la historia. No sólo eso, aquel triunfo fue el último de Arabia Saudita en un Mundial. El segundo: el arquero que estaba enfrente era una celebridad noventosa, Michel Preud’homme. En esa Copa del Mundo recibió el premio Lev Yashin al mejor en su puesto.

En ese 1994, Al Owairan fue elegido como el mejor futbolista asiático. Usaba -casi un determinismo- la camiseta con el 10 en la espalda por decisión del Indio Solari. Con su gol a Bélgica -considerado el sexto mejor de la historia por la FIFA- demostró que no era casual el número. Esa jugada merecía un diez.

Sin embargo, esa jugada fue un arma de doble filo. Por un lado, le dio fama perpetua en su región; por otro, comenzó a lidiar con las consecuencias. Ya no pudo vivir en paz. Se hizo emblema del deporte de su país. Y las autoridades árabes -no sólo del fútbol- no querían que se fuera a jugar al exterior. Y no se pudo ir. Padeció esa situación. Incluso hasta tuvo dificultades con la policía por un confuso episodio. Jugó el Mundial siguiente, Francia 98. Ya no estaban los destellos de su magia.

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